El Salvador, caracterizado por su alta densidad poblacional y una marcada vulnerabilidad a fenómenos climáticos extremos, ha enfrentado durante décadas importantes desafíos en su sistema agroalimentario. La degradación de suelos, la dependencia de insumos químicos y la inseguridad alimentaria han impulsado a comunidades y organizaciones rurales a buscar alternativas sostenibles. Dentro de este contexto, la agricultura regenerativa emerge como una respuesta innovadora que intenta restaurar los ecosistemas agrícolas, mejorar la productividad y fortalecer la resiliencia rural.
Iniciativas comunitarias en Chalatenango
En la zona septentrional del país, especialmente en el departamento de Chalatenango, diversas comunidades han incorporado prácticas de agricultura regenerativa promovidas por organizaciones no gubernamentales y cooperativas. Sobresalen las iniciativas de la Asociación de Desarrollo Comunal El Bálsamo, que desde 2016 impulsa procesos como la elaboración de abonos orgánicos fermentados, la diversificación de siembras y la plantación de árboles nativos que brindan sombra y contribuyen al control de la erosión.
Una experiencia significativa es el establecimiento de parcelas demostrativas en las zonas altas, donde pequeños productores han reemplazado la quema de rastrojos por el uso de cobertura vegetal y cultivos asociados, como el frijol con maíz y mucuna. Según datos de la asociación, esta transición ha aumentado la materia orgánica del suelo en un 27% durante cinco años, además de reducir significativamente la aplicación de productos sintéticos, lo que ha disminuido los costos de producción y la incidencia de plagas.
Agroforraje y ganadería regenerativa en Morazán
En el oriente salvadoreño, los municipios de Morazán se han convertido en escenario de iniciativas pioneras de agricultura regenerativa aplicada a la ganadería. Productores organizados, acompañados por la asesoría de entidades como la Fundación Segundo Montes, han puesto en marcha sistemas silvopastoriles ajustados al clima de la región. Incorporan áreas arboladas, bancos de forraje perenne y una rotación intensiva de las parcelas.
Este modelo ha generado un aumento en la productividad de leche y carne sin expandir la frontera agropecuaria, además de promover la captura de carbono y la infiltración de agua en suelos fuertemente erosionados. Los testimonios recogidos en la comunidad de Segundo Montes apuntan a una mejora general en la salud animal y la reducción del uso de antibióticos, ya que el entorno regenerativo favorece una dieta más variada y una mayor sanidad de los forrajes.
Restauración ecológica en la zona paracentral
En municipios de Cuscatlán y La Paz, agricultores agrupados en cooperativas han apostado por la restauración ecológica de pequeñas parcelas degradadas. Mediante la combinación de sistemas agroforestales, la introducción de cultivos perennes (como el café y el cacao) junto a especies leguminosas y la creación de lombricomposteras, se está logrando devolver fertilidad a suelos compactados.
El caso de la cooperativa Nuestra Tierra en San Pedro Nonualco ejemplifica esta perspectiva, pues tras tres años adoptando prácticas regenerativas han logrado cosechas más constantes incluso en fases de sequía, un aumento de la biodiversidad local con el registro de hasta 15 especies nuevas de aves y una clara disminución de la escorrentía superficial, mientras que la incorporación de abonos verdes y barreras vivas ha posibilitado reducir el uso de plaguicidas en un 60%.
Formación rural y circuitos de intercambio de conocimientos
El avance de la agricultura regenerativa en El Salvador ha estado íntimamente ligado al fortalecimiento de redes de intercambio de saberes entre campesinos y promotores rurales. Organizaciones como la Red de Permacultura de El Salvador y la Asociación de Mujeres Rurales del Bajo Lempa desarrollan talleres prácticos, giras de campo y bancos de semillas criollas. En estas instancias, productores experimentan colectivamente con nuevas técnicas, adaptándolas según condiciones microclimáticas y tradiciones locales.
Un elemento destacado en la región de Bajo Lempa es la recuperación de prácticas ancestrales de manejo del agua, integradas con tecnologías actuales como biopreparados para el control de plagas. Aquí los registros documentan, además, una recuperación del sentido comunitario y una apuesta por la soberanía alimentaria como proyecto político y ecológico.
Resultados, retos y proyecciones
Las experiencias de agricultura regenerativa en zonas rurales de El Salvador muestran avances significativos en la recuperación de los agroecosistemas y se integran a un movimiento que busca no solo mejorar la producción, sino también transformar las dinámicas sociales y ecológicas del ámbito rural. Aunque los logros son visibles en la disminución del uso de insumos externos, el incremento de la fertilidad del suelo y una mayor resiliencia frente al cambio climático, aún se mantienen retos importantes.
Entre los mayores retos figuran la limitada incidencia de políticas públicas que favorezcan estas prácticas, el acceso restringido a financiamiento para pequeños productores y la necesidad de una mayor articulación entre instituciones, academia y comunidades. La adopción de la agricultura regenerativa sigue siendo, en muchos casos, un proceso gradual que requiere formación constante, acompañamiento técnico y reconocimiento del rol protagónico de las mujeres y jóvenes en el campo.
La trayectoria de estas vivencias abre la posibilidad de imaginar modos renovados de habitar y producir en el territorio salvadoreño, donde la recuperación ambiental se enlaza con la revitalización del tejido social, ampliando así las oportunidades de una ruralidad más justa, resistente y con mayor autonomía. Este recorrido, construido mediante la innovación comunitaria y la gestión compartida, perfila escenarios alentadores para la soberanía agroalimentaria y la regeneración ecológica del país.


